En los años 20´s del siglo pasado, los fotógrafos de la casa Baselli capturaron las postales más emblemáticas de la capital. La Lima de entonces, de retorcido diseño neocolonial, era una urbe de gran belleza. Las exigencias del comercio y el consumo transformaron la ciudad de forma irreparable. He aquí una comparación fotográfica entre la apacible villa colonial y la urbe mecánica que tenemos ahora.
Por Betty Soto
Cada día miles de pies recorren las calles que trazó Pizarro hace 500 años. Un tablero de ajedrez le pareció la forma ideal para distribuir la ciudad que aún no existía. Hoy, la Ciudad de los Reyes, fundada en honor al rey Carlos V, recibe a nativos y extranjeros que poco recuerdan aquel pasado.
Las fotografías del Centro de Lima de la casa Baselli –la única que utilizó las cámaras Kodak e Ica A.G- nos revelan un pasado remoto pero perceptible. Por eso, decidimos actualizar esas imágenes para las nuevas generaciones.
El Palacio de Gobierno, la Plaza de Armas, la Casa de la Literatura, el monumento a Ramón Castilla y la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores fueron los lugares elegidos para retratar el cambio. La apariencia general de las casas, los autos y las personas fueron indicadores del desarrollo logrado en los últimos cien años. No obstante, también fueron íconos del decaimiento del espacio urbano y el olvido del patrimonio arquitectónico.
La casa de Pizarro
40 virreyes y 66 presidentes tuvieron que pasar para que Ollanta Humala y su esposa, Nadine Heredia, abrieran las puertas de Palacio de Gobierno y desfilaran como reyezuelos por sus patios. No obstante, el edificio que corona la Plaza Mayor no fue el mismo siempre. Un incendio producido en 1921 obligó a Leguía a remodelarlo. El encargado de la obra fue el arquitecto francés Jean Claude Antonine Sahut Laurent pero no terminó a tiempo. El polaco Malachowski finalizó la actual sede de gobierno en 1936 bajo el gobierno del golpista Benavides.
La casa de Pizarro creció en tres plantas de concreto, de diseño neocolonial, rodeado por balcones afrancesados de alto tamaño. La puerta principal se hizo más alta y ancha, y la gran muralla que cubría la edificación fue convertida en un extenso patio enrejado, desde el que se puede divisar a los inexpresivos Húsares de Junín.


Plaza longeva
Como la pieza clave de un juego de ajedrez, la Plaza de Armas es el corazón de la capital. Se dice que Pizarro trazó con su propia espada el damero que tendría en su perímetro a Palacio de Gobierno, la catedral, el palacio arzobispal de Lima, el palacio municipal y el Club la Unión.
La Plaza de Armas ha sido testigo de grandes homenajes pero también de sucesos trágicos como la ejecución de miles de prisioneros de la Santa Inquisición. Su atractivo más importante, además de las palmeras que crecían en sus áreas verdes o de los faroles republicanos, era y es todavía, la pileta que instaló el Conde de Salvatierra en 1651.
En la fotografía de la Casa Baselli la Plaza de Armas luce majestuosa, casi vacía e independiente. En nuestra imagen actual, la Plaza Mayor parece no haber cambiado mucho. Hay menos palmeras y el amarillo eléctrico de un edificio nos devuelve al 2012. Cada tarde cientos de empleados públicos, paseantes, extranjeros pasean por ella. Asombrados de que alguna vez viviéramos como reyes.


Monumento comercial al mariscal
Tras la muerte del presidente Ramón Castilla, el Perú quiso mostrar su gratitud por la liberación de los esclavos con la construcción de una estatua. En Chorrillos se había construido un busto en su honor, pero fue derribado durante la Guerra del Pacífico. Recién 30 años después, en 1915, se construyó el monumento en la Plazuela de la Merced (Jirón de la Unión). La bella estatua fue replicada en otras ciudades como Huancavelica, Huancayo, Iquitos y el Callao.
En la fotografía de los hermanos Avilés, tomada en 1920, Castilla sigue pulcro y decente. Detrás de él hay una edificación de estilo neocolonial con grandes ventanales. Algunos limeños paseaban tranquilamente, vestidos con trajes tan elegantes como el de Castilla.
En el 2012 los comerciantes del Centro Histórico dicen que son ellos los que rescatan la belleza colonial y adaptan las construcciones a nuestra época. Ahora bien, ellos adornan nuestro patrimonio con gigantografías impresas en Wilson y los ventanales están llenos de maniquíes y carteles de colores estridentes. Al parecer, como los peruanos prehispánicos, los comerciantes tienen “horror al vacío” y llenan de todas las letras y colores posibles el edificio que está detrás de la estatua de Castilla.
En el presente, el Mariscal sigue vigoroso aunque las calles se llenan de papeles, folletines y bolsas de plástico. Algunos transeúntes descansan a los pies del monumento y a veces hasta parecen interesarse en él, pero enseguida olvidan al viejito con bastón que mira hacia el horizonte o quizás hacia el pasado en el que vivió.


El conflicto entre el patrimonio de Lima y los desarreglos actuales es un problema de siempre. Inconscientemente, la modernización ha sido celebrada con euforia por muchos de sus habitantes. El Palais Concert, mítico salón de reunión de intelectuales como César Vallejo o Abraham Valdelomar, fue transformado en discoteca subterránea primero y ahora promete convertirse en un remilgo del arte neocolonial gracias a la inversión privada de Ripley. ¿Será así todo lo demás?